lunes, 5 de septiembre de 2016

1.- Eulalia Forner

Eulalia miró a David expectante, reprimiendo los deseos de morderse las uñas delante del editor. Había salido de la facultad saltándose los últimos treinta minutos de clase de historia contemporánea, dejando al profesor con cara de fastidio y arriesgándose a que recordase la afrenta la próxima vez que corrigiera uno de sus exámenes.

A ese pequeño sacrificio se le sumaba el hecho de que seguramente no tendría tiempo para comer antes de ir corriendo al despacho a trabajar, pero todo valía la pena si David le decía que sí.

Todo el camino de ida había ido con esperanza, pues el tono del editor por el teléfono parecía alegre. Sin embargo…se estaba tomando demasiadas molestias en ser amable con ella. Y el hecho de que esperara a que les trajeran los cafés para empezar a hablar la exasperaba.

David llevaba su uniforme laboral, que consistía en un traje de buen corte, pero con una corbata horrible. Siempre parecía tener más presencia enfundado entre aquellas ropas caras, infundiendo respeto entre sus empleados y entre los escritores que suplicaban por una oportunidad.
Sin embargo, ella siempre le había visto como un hombre demasiado delgado para aquellas hombreras, cosa que en esos momentos, tampoco la tranquilizaba.

Cuando la camarera al fin dejó las dos tazas, Eulalia estaba segura que si el hombre no le decía algo tiraría la infusión por la ventana.

-          Bueno señorita Forner, tengo noticias que darle. 

Eulalia se tensó. Después de dos años viéndose de vez en cuando, ella ya sabía que cuando David la llamaba por su apellido solía ser algo negativo. Pero aún conservaba cierta esperanza, como quien decide no reconocer los auspicios de la derrota, aunque estén claros para todos los demás.

-          Adelante -dijo ella, notando la garganta reseca.
-          Si bien su historia no tiene salida, hay una revista que quizás estaría interesada en contratarla para escribir algunos artículos de vez en cuando.

David la observó, encogiendo levemente su cuerpo enjuto, como si temiera que ella fuese a saltarle al cuello. Pero Eulalia en realidad se había quedado en blanco, asimilando la primera parte de la frase y sin ser capaz de analizar la segunda.

Removió el café con desgana para no dejar el cuerpo en total inmovilidad y para distraer sus manos, que seguían nerviosas. Pero a medida que el azúcar iba deshaciéndose en el líquido caliente, la decepción empezó a emerger.

-          ¿Mi historia no tiene salida? -dijo al fin, en un tono algo más enfadado de lo que había pretendido
-          Laia, escribes bien. Tienes talento y tu estilo es fresco, pero tus ideas…no terminan de encajar en la línea editorial.

Y ya soltada la bomba, David volvía a usar su nombre, como siempre que le daba malas noticias, para recuperar la familiaridad y calmar un poco los ánimos. Aunque conocía la estrategia, Eulalia siempre tenía esperanzas en que la próxima vez significase algo distinto.

-          No lo entiendo, ¡si me dijiste que las novelas de fantasía eran lo más adecuado!
-          Sí, pero lo tuyo quizás entra más en la, hm, épica. Por llamarlo de algún modo. Y no corresponde a lo que buscaríamos. Sin embargo, en la revista…

David le sonrió, como si estuviera contándole una confidencia. En esos momentos Eulalia tenía deseo de arrancarle la horrible corbata de imitación de seda y terrible verde esmeralda para ponérsela en la boca y que dejase de hablar de la dichosa revista.
Apreciaba al editor porque la había ayudado a lo largo de los dos años que se conocían, pero a veces creía estar ofreciendo soluciones y en realidad sólo ahondaba más profundo en las heridas.

-          En la revista podrías escribir de lo tuyo una vez al mes o cada dos meses. Y no pagarían mal.
-          “De lo mío” – Eulalia soltó un bufido, molesta- Lo mío son las historias que “no van con la línea editorial”

Y de nuevo, el tono de voz que pretendía ser un poco sarcástico salió con temperamento de su lengua, chasqueando en el aire como un látigo cruel. David se echó levemente para atrás, un gesto imperceptible para cualquiera menos para ella, que estaba acostumbrada.

El editor era un hombre que le gritaba a sus empleados si no estaba contento, que presionaba escritores para que cambiaran sus obras intocables y que tenía autoridad para otorgar la gloria o el olvido en el mar de la palabra escrita. Y allí estaba, encogiéndose ante una chica de veinte años que ni siquiera tenía una historia que le gustase.

Pero a Eulalia eso no le sorprendía tanto como años atrás. Todo el mundo siempre parecía pensar que ella les iba a saltar al cuello, o que iba a partirles la cara, cuando jamás se había metido en la más tonta de las peleas físicas. Ni siquiera de pequeña, cuando la costumbre de tirar del pelo o lanzar arena está aceptada entre los retoños de guardería.

¿Era por el tono de voz? Siempre le salía algo más contundente de lo que quería, pero había personas con lengua más viperina o respuestas con más enfado a las que David había hecho frente sin problema. Pero el editor no era el único que quedaba intimidado por ella, aunque Eulalia se esforzase en mantener la calma.

-          Sé que te esforzaste mucho en el último escrito que me pasaste, Laia -prosiguió David, tras unos segundos de silencio tenso- Pero no puedo publicar algo que no se va a vender.
-          Y yo no puedo simplemente cambiar las ideas que tengo a unas más adecuadas -respondió haciendo un esfuerzo por sonar tranquila- Lo he intentado. Empecé una historia de las que tanto te gustan y fue horrible. No me salían ni dos frases enteras.
-          Bueno, bueno, ya te llegará la idea. Mientras, piénsate lo de la revista. Podrías labrarte un nombre y quién sabe, quizás tu camino no sea la novela, sino escribir artículos, acercar al público a la historia.

Eulalia miró su café, mordiéndose la lengua y notando un dolor amargo en el cuello por no soltarle a David lo que deseaba espetarle.

Si escribir artículos para una revista de historia que principalmente las personas leían en la consulta médica, en los aeropuertos o en el baño era su destino, más le valía pillarse los dedos con la puerta de un ascensor y no volver a escribir jamás.

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El resto del día no fue a mejor. Tampoco a peor, pero después de la decepción que le había dado David resultaba difícil poder mantener el estado de ánimo alto.

Acudió al trabajo con semblante neutro, sabiendo que a nadie le gustaba una secretaria malhumorada, y procuró que su malestar no se tradujese en ninguno de sus gestos o palabras. Afortunadamente, fue una tarde tranquila en la oficina y se dedicó casi exclusivamente a responder llamadas con voz mecánica y a organizar papeles.

Mientras hacía fotocopias, no pudo evitar seguir evitando pensar en el tema y aprovechando la soledad de la sala en la que se encontraba, profundizó en sus pensamientos sombríos.

Las palabras de David le habían dolido. No por la oferta de trabajo en la revista, no porque no pudiera publicar sus historias o porque sus ideas no fueran lo suficientemente buenas. Lo que más le dolía en el fondo era saber que jamás terminaría de encajar entre los círculos literarios a los que con tanta fuerza se había querido aferrar.
Siempre lo había sabido, pero jamás había querido aceptarlo. Ahora no le quedaba más opción.

Ella deseaba compartir sus ideas, sus escritos, sus relatos. Algunas ideas inconexas le venían a la cabeza y sabía que había una forma de ordenarlas, de hacer que las personas al leerlas sintieran esas emociones que a ella le embargaban cuando pensaba en sus protagonistas.
No obstante, era incapaz de traducirlo en sus páginas.

¿Qué era lo que fallaba? ¿Era su método narrativo? No, porque a David le gustaba, a todo el mundo a quien había preguntado le parecía correcto. ¿Eran sus historias? Los héroes, las gestas, las aventuras…ella no podía ver el error. Las tramas y los argumentos aparecían en su mente antes de que pudiera hacer nada por evitarlo y trataba de plasmarlos lo mejor que podía.
¿Quizás el problema era el público?

Parpadeo unos instantes mientras la luz de la fotocopiadora seguía pasando papel tras papel. Una pieza interna había encajado, haciendo que los engranajes al fin estuvieran en la posición correcta.
Si, el problema era el público… ¿Pero cuál era la solución? David era experto en su trabajo como editor, de haber conocido un mercado para ella, se lo hubiese expuesto.

Eulalia lanzó un suspiro y miró el reloj. Faltaban aún dos horas para que su turno terminase y debía seguir aparentando cierta alegría para que su jefe no le llamase la atención. Pensó en que por lo menos en casa le esperaba una cara amiga con la que podría ahogar las penas y la melancolía se le pasó un poco.

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Llegó a casa hambrienta, pues aparte del café y alguna barrita energética, no había tenido tiempo ni para un triste bocadillo de atún.  Por fortuna era viernes y ello implicaba el principio de un descanso necesario.

Carla aún no había llegado a casa, por lo que Eulalia se quitó los zapatos, arrasó con la cocina y se tumbó en el sofá con la desgana del que no tiene deseos ni para ponerse el pijama. Mientras comía los restos de tupperware que había encontrado sin siquiera pasarlos por el microondas empezó a hacer zapping, ignorando las noticias que le pondrían de mal humor, las series que no la animarían y los anuncios repetitivos de mujeres y hombres demasiado sonrientes.

Los ojos se le iban cerrando poco a poco, sin que pudiera hacer gran cosa para evitarlo. Había dormido mal las últimas semanas, con pesadillas extrañas que no recordaba al despertar, pero que le impedían tener una jornada de sueño completa. Algunos exámenes también le habían alterado la rutina y ahora que disponía de un momentito para relajarse, para apartarse del mundo y hundirse en las aguas de Morfeo con el estómago lleno, no iba a resistirse.

Los sueños se llevaron su consciencia, primero con gentiles manos, hasta soltarla en una pesadilla confusa. Eulalia escuchaba algunas frases de voces familiares, hablando en un idioma confuso que jamás había escuchado. Sentía el rumor del mar, el tacto de la arena y un sabor pastoso y desagradable en la boca, metálico y cálido. El sueño en sí mismo no era desagradable, pero la confusión le impedía poder descansar. Las imágenes pasaban por su psique dormida sin sentido, amenazadoras, danzantes, demasiado rápidas para ser comprendidas.

El sonido de la puerta le hizo regresar al mundo terrenal. Eulalia se despertó de golpe, atrapando con las manos el tupperware, que había estado a punto de caer encima de la alfombra y causar una mancha irremediable.

Carla entró con toda la alegría que solía llevar encima, avasallando la habitación con una energía impropia para las siete de la tarde.

-          ¡Laia! -dijo, dejando caer el bolso en el suelo y sentándose a su lado en el sofá, casi provocando de nuevo un accidente con el tupper a medio terminar- ¿Te acuerdas del chico del que te hablé? ¿El que va conmigo a clase de antropología?
-          Eh…-Eulalia se incorporó, obligando a su cabeza a conectar de nuevo las neuronas para poder dar una respuesta a su amiga- Si, el moreno de rizos
-          Si, si -respondió la otra, sacando su móvil de última generación y mirando alguna aplicación de mensajería, con la capacidad de seguir presente en la conversación – Pues he estado charlando con él y hemos tonteado un poco. Me ha dicho de salir un rato esta noche y le he dicho que sí, pero no quiero ir sola, ¿me acompañarías? ¡Di que sí!

Eulalia se planteó durante unos instantes mandar a paseo a su compañera de piso. Se sentía aún demasiado confusa por el sueño y tras el día que había tenido no le apetecía para nada salir y fingir alegría, pues esa energía ya la había dedicado en la oficina.  Las imágenes y las palabras extrañas del sueño aún permanecían en su retina, reticentes a abandonar su memoria a pesar de que ella no podía comprender de dónde había sacado su cerebro tal sinsentido.

No estaba muy motivada, ¿pero y si una noche de fiesta le aclaraba las ideas? Y de paso, podría charlar con una copa en la mano con Carla, podría desahogarse y con una nube de alcohol le sería más fácil llorar las penas.

Se tragó la rabia inicial que su amiga le había provocado con la efusividad y le sonrió más o menos sincera.

-          Bueno, pues digo que si
-          ¡Genial! – su compañera de piso se levantó del sofá a toda prisa, casi tropezando con el bolso, pero lo esquivó a tiempo y pudo recogerlo del suelo- Hemos quedado a las nueve, entro yo primero a la ducha y luego te dejo libre el baño. Te prometo que iré rápido.

Sin darle tiempo a responder, Carla se esfumó por el pasillo en una corriente de alegría. Eulalia se dirigió a la cocina y limpió los platos que había usado, sabiendo que aguantar algunas cosas de su amiga tenía sus ventajas. Por ejemplo, el dejarse arrastrar de fiesta implicaba que ella la invitaría a la mayoría de las copas y al taxi de vuelta, cosa que le iría muy bien debido a sus limitadas finanzas.

Carla no era la típica niña rica pija, pero si tenía unos padres acomodados que le pasaban una manutención más que generosa, la cual le permitía más de un capricho al mes. Eulalia, por el contrario, no se hablaba con sus padres desde hacía años y pedirles dinero era algo que su orgullo no le iba a permitir jamás.

Meditó sobre qué ropa ponerse, sobre si era mejor pasarse con el alcohol o ser más prudente y sobre si tenía algún trabajo o examen próximo que debiera repasar. Dejó que su mente se distrajera en cualquier cosa, excepto en los sucesos del día y mucho menos con los sueños que creía le esperarían en la inconsciencia.

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Se sentía algo estúpida con aquella ropa tan exageradamente corta, con la sensación constante de que si se movía equivocadamente, la gente que caminaba por el paseo marítimo iba a tener una visión privilegiada de su ropa interior.

Pero Carla había insistido en vestir con los trajes más extremados de su armario, quizás porque no quería sentirse sola en su indumentaria. Su amiga iba vestida como para infartar a un fraile y en comparación Eulalia se sentía como una copia mal hecha. Pero mientras intentaba no matarse con los tacones por la avenida, intentó recuperar el hilo de la conversación que estaba teniendo lugar a su lado.

El chico de los rizos negros al que Carla intentaba ligarse se llamaba Oriol y parecía buen chico, pero estaba tan interesado en su amiga que apenas fingía siquiera un mínimo interés de que participara en la conversación. Había otros amigos en el grupo, chicos y chicas que se habían apuntado, pero en una silenciosa coordinación se mantenían algo alejados de Eulalia. No era un vacío de desprecio o de arrogancia adolescente, era algo más natural, más inconsciente y algo a lo que ella ya estaba acostumbrada.
Aunque claro, esa noche no era algo que le alegrase precisamente.

Para distraerse del paseo algo incómodo y del dolor en sus pies por los tacones, Eulalia observó el mar a su derecha y a la luna que resplandecía encima de sus aguas. Casi parecía llena, pero el astro esa noche se mostraba aún incompleto, una luna gibosa. 

Cuando entraron en la discoteca, un ruidoso tugurio demasiado caro para lo que en verdad ofrecían, el grupo se dispersó. Carla se perdió de la vista, confundida en la maraña de cuerpos que bailaban a un ritmo tecnológico constante y el resto de acompañantes se camuflaron en aquel magma humano desenfrenado.

Sin saber muy bien qué hacer, Eulalia se dirigió a la barra y se pidió la consumición que “regalaban” con la entrada, gritando para que el camarero pudiera escucharla entre el gentío y la música. Cuando al fin consiguió algo que beber, se apartó tanto como pudo y se colocó en un rincón de la sala, observando mientras daba pequeños sorbos.

Quería pasárselo bien, de verdad que sí. Quería sentirse tan cómoda como Carla, dejarse llevar por el ritmo y la diversión reinante, por la lujuria y el deseo que el local prometía y ofrecía. Pero por otro lado, sabía que tendría que esforzarse para conseguirlo, tendría que fingir para poder camuflarse entre el resto de…humanos.

Parpadeó un par de veces y dio otro sorbo a la bebida, confundida por esa idea. ¿Humanos? Había llamado a toda esa gente con un apelativo que la había excluido de manera exprofeso y había sido un comentario que había salido de su corazón. Ni siquiera había tenido un tono despectivo o resentido, sólo…sólo había descrito algo. Y sentía que debía ser de ese modo, aunque no podía comprender cómo podía pensar de esa manera.

Dio otro sorbo a la bebida y pronto se arrepintió, porque había consumido la mitad de la copa demasiado rápido y notaba cierto hormigueo familiar en el cuerpo. Se apoyó contra la pared y respiró hondo, decidida a no dejarse llevar ni por sentimientos negativos ni por el alcohol. Cuando Carla consiguiera al fin ligarse al muchacho la buscaría, se lo contaría, estarían un rato juntas, reirían y luego ella se iría con su conquista. Y Eulalia partiría a casa, donde descansaría y dejaría que la noche se llevase los restos de un mal día.

Dio otro sorbo y el tono de la música se volvió más repetitivo. Era una mezcla extraña y algo insoportable de rap y techno, a menos que uno estuviera ya algo bebido, pero parecía hacer las delicias entre el público.
Eulalia estaba a punto de beber un poco más, pero entonces sintió que su sangre se helaba. Ya no escuchaba las palabras de un cantante de rap hablando del dinero que tenía y de las mujeres a las que atraía, sino…sino aquellas palabras que había soñado, aquel idioma que había intentado comprender en sus sueños. Sintió que el hielo de la bebida estaba más caliente que su propia piel mientras su respiración se aceleraba sin que pudiera tranquilizarse.

Intentó moverse, pero un mareo súbito la afectó de golpe, algo que no podía provenir sin más de la bebida. Volvió a apoyarse en la pared, haciendo esfuerzos para que el vaso de tubo no se le escapase entre los dedos y se rompiese en el suelo. Los cuerpos delante de ella se movían demasiado rápido, con una algarabía de bailes que no podían corresponder a un cuerpo humano, quizás porque ella lo estaba viendo todo como si el tiempo transcurriera demasiado deprisa.

Droga, pensó. Han tenido que echarme algo en la bebida. Ha tenido que ser eso.

Confusa y con una mano temblorosa, abrió su bolso y miró en su móvil. La una. No era posible. Habían entrado a las once como muy tarde, ¿había estado dos horas simplemente apoyada contra la pared, delirando? ¿Había alguna droga capaz de hacer algo así?
Intentó mandar un mensaje a su amiga, pero los dedos no respondían como ella quería y cuando intentaba centrar la vista le resultaba imposible.

El mundo le daba vueltas. Droga, casa, Carla, salir, música, palabras, los pensamientos se juntaban en su mente como conceptos desordenados. Empezó a moverse, dejando resbalar al fin el vaso entre sus dedos. No esperaba escuchar el sonido de los cristales rotos, pero los sitió en sus oídos como si estuvieran justo a su lado, estrellándose con fuerza.  Empezó a sentir el olor del sudor, del alcohol dulzón derramado, del vómito y del tabaco atrapado en la ropa de los que habían salido hacía un instante. Mientras se movía entre los cuerpos en dirección a la salida fue demasiado consciente de todos los aromas, de todos los sonidos, de todas las sensaciones que por lo general su cerebro jamás había percibido con tanta intensidad.

Un soplo de aire fresco le indicó que ya estaba cerca de la salida. Apartó los últimos cuerpos que le impedían notar la brisa del mar y caminó rápido, alejándose tanto como pudo.

Cuando pudo al fin centrarse se sentía sudorosa, con un nudo en la garganta y con una sensación febril. Quería pedir ayuda, llamar a alguien, pero no recordaba dónde había dejado el bolso, ¿se le había caído por el camino…? Miró en la calle en la que se encontraba, confundida, para intentar volver sobre sus pasos y recuperar su móvil.
Carrer Selva de Mar”, leyó en una placa y parpadeó varias veces, de nuevo con la confusión aturullando su cabeza. No podía ser. No llevaba más de dos o tres minutos caminando y la discoteca quedaba casi en el Hospital del mar, a media hora.
Sentía que le temblaban las piernas, pero unos brazos amables la sostuvieron antes de que se derrumbara en el suelo.

-          Tranquila, tranquila -dijo una voz amable, conciliadora y serena. El hombre tenía el olor intenso del almizcle, el tabaco y el alcohol, pero por lo menos no era tan intenso como en la discoteca y el aire del mar le permitía que los olores no la mareasen de nuevo.

El hombre parecía ser un buen samaritano que la fue guiando por el camino y ella se dejó llevar. Una voz en su cabeza le decía que no era buena idea confiar sin más en un desconocido, pero no podía hacer otra cosa, ni ofrecer demasiada resistencia, ni negarse. El hombre seguramente vería que no se encontraba bien, que necesitaba un hospital o por lo menos, sentarse un rato.

Al cabo de unos minutos notó que estaba pisando arena. Apoyada en el hombre mientras andaba se sintió desorientada, ¿estaba caminando en dirección al mar? Pero si el hospital estaba todo recto por la avenida, si cruzaban por la costa tardarían más por culpa de sus tacones…

El hombre dejó que se sentase en el suelo frío de la playa y ella cayó con todo su peso muerto, temiendo por un momento devolver sobre el vestido corto toda la cena. Suponía que el desconocido estaba haciendo una pausa, o estaba mirando hacia dónde ir, o algo parecido.
Lo que no se esperaba era que el hombre se sentase a su lado y la cogiera de la barbilla, intentando besarla.

Hubo unos tres segundos de confusión en los que su cerebro intentó unir ideas. Unos instantes de casi aceptación en los cuales el desconocido posó sus labios encima de los suyos. Y finalmente, el pánico, el malestar y el miedo cuando notó la desagradable lengua de otro en su boca, sin que nadie le hubiera dado permiso.
Intentó removerse y apartar al hombre, pero la cogió de las muñecas e intentó ponerse encima de ella. El vestido se le subía sin que pudiera hacer gran cosa para evitarlo, pues aunque hubiera tenido las manos libres, la tela era demasiado corta para que pudiera proteger nada.

Se sentía atrapada, vencida y aterrorizada. Pero por encima de todas las emociones una nueva empezó a emerger con una fuerza antinatural, inconcebible e imparable: la rabia.

La última imagen clara que tuvo Eulalia fue la de la luna gibosa, iluminando el cielo ausente de estrellas.
Luego notó el sabor de la sangre en la boca y sus propios dientes creciendo, ocupando más espacio del que deberían, masticando…carne.

Sintió como las manos crecían, como los dedos se alargaban dolorosamente y como las uñas, que por lo general estaban cortas y mordisqueadas, rasgaban ropa, carne, hueso.
Sintió como su cuerpo cambiaba de forma, como sus cartílagos, columna y piel se ampliaban y el mundo se volvía más pequeño.
Sintió la ira, la fuerza, los gritos del desconocido agonizando y los de otros que se acercaban en medio de la confusión.

La rabia lo tiñó todo.

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Sentía el rumor del mar, el tacto de la arena y un sabor pastoso y desagradable en la boca, metálico y cálido.

Volvía a estar soñando. Era eso. Había estado durmiendo todo el rato, estaba en el sofá de su casa y pronto Carla le reprocharía haberse vuelvo a dormir. Le instaría a arreglarse deprisa para salir de fiesta y las imágenes de la sangre y las vísceras sobre la arena desaparecerían en el limbo de las pesadillas.

Pero el tacto frío de la arena sobre su cuerpo, sumado a la desnudez, le llevaron la contraria.

Se alzó de golpe temblorosa. Se encontraba en una playa, pero lejos de donde todo había ocurrido. Estaba al lado de un río, el que ella sospechaba que era el Besos.
Y estaba sin ropa. Ni un solo pedazo de tela cubría su cuerpo, pero aunque eso en sí mismo era un problema, más grave era ver que iba cubierta de sangre.

Se tocó el cuerpo entre gemidos de confusión y miedo, buscando alguna herida, pero no tenía ningún triste rasguño. Y entonces el sabor metálico de la boca le hizo ser consciente de que el líquido rojo no le pertenecía.

Se hizo un ovillo, cayendo de rodillas, notando el frío de la noche y la burla de la luna en sus espaldas. Pero también se sintió más liberada, más poderosa, más…en su sitio. ¿Pero cuál era ese sitio? ¿En el frenesí de la sangre, de la muerte, del asesinato de inocentes?
No. De inocentes no. El hombre al que ella había matado merecía su rabia y sólo de pensarlo volvió a sentir como aquel sentimiento dominaba su psique y estaba a punto de llevarla al borde de nuevo.

Apretó las manos contra la arena y gritó con los dientes apretados.

-          ¡Basta! -dijo una voz autoritaria en frente suyo. Caminando por la ribera del río, se acercaba una figura, un hombre que desprendía un aura de voluntad y…familiaridad. - Está bien. Has hecho bien. Pero debes aprender a controlarte. Ven. Debo mostrarte cómo…y alejarte de los coches de policía.

Por primera vez, Eulalia se sintió verdaderamente frente a un igual.
Fuera lo que eso significase.


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