Eulalia empezó a andar por el
bosque con ímpetu, dejando que las botas de montaña machasen las hojas secas y
las pequeñas ramas que encontraba por el camino. No prestaba atención hacia
dónde iba, principalmente porque estaba demasiado malhumorada como para ponerse
a pensar en la prudencia y en la orientación.
Espejo Azul, esa especie de
punk-hippie que parecía eternamente colocada, le había dejado marchar sin
apenas decirle nada. No es que no valorase las respuestas que la Roehuesos le
había dado sobre asuntos generales de Gaia y demás, pero tenía la cabeza
demasiado llena y no podía pensar con claridad, no si antes no meditaba sobre
algunos asuntos.
El problema residía en que
primero tenía que dejar de estar enfadada.
Los árboles iban pasando a su
lado e iba esquivando ramas, piedras y arbustos. El atardecer iba oscureciendo
el paisaje con lentitud, dejando que las sombras fueran atrapando cada hoja y
rincón del camino. Pero la belleza de la puesta de sol a través de los troncos
no llamaba la atención a Laia, demasiado pendiente de su propia ira.
Se sentía en cierto modo
manipulada. No, en cierto modo no, LA HABÍAN intentado manipular desde el
principio en una especie de campaña política absurda que no parecía concluir
nunca. Si, la atención al principio había sido estupenda, pues todo el mundo
estaba dispuesto a responder a todas las preguntas y a ayudarla en todo lo que
necesitase.
Pero luego empezaban con sus
posicionamientos, con sus comentarios, con su sutil cizaña, hablando sobre qué
tribu era más adecuada o qué tribu era más justa o qué tribu…en fin, cuál era
la que ella debía elegir.
Había visto políticos menos
implicados en sus votantes. Ella había creído tenerlo bastante claro al hablar
con Patrick, pero…Pero entonces Saluda-a-la-mañana le había lanzado aquellos
comentarios sobre el amorío del ahroun con una chica.
Lo peor había sido ver cómo el
irlandés parecía divertirse de su enfado. ¡Si hasta le había giñado el ojo!
No es que ella quisiera nada
con él, pero…había pensado…había supuesto que….
Cogió una piña del suelo y la
lanzó con fuerza contra un tronco, sintiendo que parte de la irritación se iba
en ese gesto de fútil violencia. Pero de inmediato volvió a notar como el calor
de la rabia se adueñaba de su pecho y volvió a emprender el camino con energía.
Quizás era porque era el
primer hombre con el que se sentía realmente cómoda, sin reprimirse por temor a
asustar o sintiéndose fuera de lugar. Quizás era porque él se había mostrado
tan cercano, tan interesado en ella. O quizás fuese porque ella había creído
ver unos gestos y había malinterpretado sus intenciones.
En cualquier caso, no le había
sentado nada ver saber que Patrick tenía un hijo.
¡Un hijo! Un crío, un retoño,
una criatura. Y lo decía tan tranquilo, tan relajado, ¡haciendo broma! En el
mundo garou tener camada no sería tan relevante, pero ella había entrado en él
hacía muy poco y tener descendencia seguía siendo algo a tener muy en cuenta.
Soltó un gruñido sin darse
cuenta. Casi se sentía tentada de irse a María Golpea Primero y decirle que
aceptaba a su tribu, a modo de venganza contra lo masculino. Pero la mera idea
le parecía injusto hacia la propia María, que a pesar de su propia campaña
política, había sido de las que más espacio le había dejado.
Laia no se dio cuenta de que
el camino desaparecía bajo sus pies y que la luz del sol desaparecía más rápido
de lo que era prudente, porque seguía dándole vueltas al asunto de la familia
de Patrick.
Antes de aquella información,
hubiese dicho que ella era Fianna. María tenía una buena filosofía y Saluda a
la Mañana era un pacifista encomiable, pero…pero ella sabía de corazón que su
lugar no estaba con ellos.
No podía explicarlo, pero no
se veía a su lado.
Pero después del enfado contra
Patrick, no estaba segura si hubiese elegido esa tribu sólo por la atracción
hacia el ahroun. Se sentía avergonzada por ello, sabiéndose como una niña de
trece años que copia la actitud de su ídolo, por lo que le resultaba muy
difícil asegurar que su decisión era pura.
¿Realmente quería ser Fianna o
había sido sólo su ceguera? ¿Se sentía bien al lado del irlandés porque eran de
la misma tribu o porque se sentía atraída? ¿Y cómo iba a descubrirlo?
Podría elegir una tribu sólo
por Patrick y equivocarse…y dudaba que los garou dieran segundas oportunidades
en ese sentido. ¿Existía la posibilidad de abandonar una tribu? No creía que
fuese una opción muy popular.
Si sólo tenía una oportunidad,
¿cómo saber que hacía lo correcto?
Y aparte, estaba toda aquella
historia de “ser especial”. Madre mía, como una película extraña de madrugada
en que la protagonista debe cumplir una profecía o algo así.
Quizás lo inusual se debía a
que ella había estado “fuera del radar”, tal y como había dicho Cifra en su
primer encuentro. La moradora del cristal no tenía registros de ella, ni de
nadie de su familia…y Patrick sólo tenía información de algunos ancestros de
algunas décadas atrás, los Horner.
Cansada de andar por el
bosque, se paró en un claro y apoyó su espalda contra un árbol recio. La
corteza rugosa e irregular le molestaba, pero después de unos minutos de
acomodarse, pareció fundirse con su entorno, algo más relajada y meditabunda. No
advirtió que su sombra se difuminaba demasiado con la oscuridad reinante, ni se
preocupó por recordar por dónde había venido, concentrada en sus propios
recuerdos.
Intentó pensar en sus padres
desde un punto de vista objetivo. Nunca habían tenido una buena relación, su
madre demasiado controladora, su padre eternamente ausente. Muchas discusiones,
tensión reinante y malestar en el hogar, sin que pareciera posible establecer
lazos afectivos sinceros. Claro que recordaba buenos momentos, principalmente
en la infancia, pero todo aquello que había sido alegre quedaba en un tono
agridulce por las posteriores experiencias.
¿De haberse llevado mejor con
ellos la hubieran encontrado antes los garou? ¿Sus padres sabían que eran
parentela? ¿Le hubiese ayudado eso a saber cuál era su tribu?
No le apetecía recordar la
última discusión o las veces que había mirado el teléfono preguntándose si
debía llamarles o no. Intentó hacer memoria por si en algún momento hubiera
visto o vivido una pista sobre la relación de sus padres con los garou.
No, nada. ¿Podría ser que ni ellos
mismos supieran que eran parentela?
Laia se pasó una mano por el
pelo, quitándose restos de corteza enmarañados. Había hablado un rato con
Espejo Azul sobre cómo elegían las tribus los demás garous y le había
contestado que habitualmente, al vivir rodeados de otros garou o de parentela,
los cachorros solían tomar la decisión con facilidad. Y los que no, solían
encontrar la respuesta en Gaia.
Para ser una hippie punk, era
tan críptica como una bruja de cuento.
Un buhó sonó a lo lejos y Laia
se dio cuenta de lo oscuro que se había vuelto el bosque. Aún quedaban rastros
de sol en el horizonte, pero los propios árboles tapaban la claridad y volvían
todo su entorno una sombra continua.
Laia se levantó, algo
nerviosa. Con la rabia no se había dado cuenta de dónde iba ni de lo lejos que
estaba y por mucho que hiciera memoria ahora, todos los árboles le parecían
iguales.
Qué fantástico, perderse en el
bosque. Casi podía escuchar ya las burlas de Patrick.
Lanzó un gruñido y se
concentró, intentando cambiar. Si tenía que encontrar el camino en la noche, lo
mejor sería convertirse en lobo y seguir los olores, su propio rastro. No había
ido tampoco tan lejos, por lo que quizás encontrase el camino más rápido de lo
que su propio temor aseguraba.
No le resultaba para nada
sencillo acostumbrarse al hormigueo que anunciaba el cambio, ni el sonido de
sus propios huesos al moverse y cambiar. Sentía un mareo, un vacío y una
confusión alterada que le impedía pensar con claridad.
Pero tras unos minutos, ya
tenía forma de lobo.
La perspectiva cambió. El
mundo se volvió más bajo, los olores más intensos, el tacto confuso y la visión
nítida pero menos colorida. Movió las patas para acostumbrarse a andar en
cuatro y aspiró con fuerza varias veces para entrenar su olfato.
Tierra mojada, césped, el
rastro de algunos animales ya frío, la acidez de unas moras inmaduras…su
cerebro fue ordenando los estímulos con lentitud, aprendiendo muy lentamente a
guiarse por un sentido que sólo había usado hasta ese entonces para degustar la
comida y poco más.
Al fin, tras dar varias
vueltas por el claro, distinguió su propio rastro y emprendió el camino. Iba
caminando a paso ligero, pero nunca demasiado deprisa como para que su nariz no
pudiera deshacer sus pasos.
Sin embargo, al llegar a lo
que Laia creía que era la mitad, el olor dejó de notarse. Puede que fuese
porque ella aún no sabía hacerlo bien o porque no había dejado un rastro lo
suficientemente fuerte, pero aún no estaba lo suficientemente cerca como para
discernir el túmulo y no sabía en qué dirección debía ir.
Avanzó en línea recta,
creyendo que era la opción más sensata, pero pronto se sintió desorientada. Ver
desde la altura de donde habitualmente estaba su cintura no era lo mismo y
reconocer el paisaje resultaba complicado.
Empezó a frustrarse, tentada
por lanzar algún aullido con la esperanza de llamar la atención a algún garou
cercano, a pesar de que un rescate de ese tipo sería considerablemente
humillante. ¿Pero cómo se hacía? ¿Sólo gritar…?
Estaba a punto de intentar
usar las cuerdas vocales, o lo que fuera que tuvieran los lobos, cuando un
movimiento entre los árboles hizo que Laia se quedase en el más intenso de los
silencios. Tensó todo su cuerpo, creyendo que tendría que salir disparada en
una carrera, convencida que lo que estuviera cerca era una amenaza. Nunca había
pasado mucho tiempo en el bosque, por no decir que la excursión más larga la
había hecho en el colegio con siete años, y los peligros que en él habitaban se
le escapaban.
Dio un par de pasos hacia
atrás, con el rabo entre las piernas sin darse cuenta, al ver en la oscuridad
una figura más alta y voluminosa acercarse. Sin embargo, se quedó demasiado
sorprendida como para arrancar a huir cuando en la oscuridad entrevió lo que
parecía una gran cornamenta.
Resultaba difícil ver algo
entre la oscuridad y la figura parecía que sólo se difuminaba entre las ramas
de los árboles, pero Laia estaba convencida de estar delante de un ciervo
adulto, una pieza de edad que inspiraba respeto.
El animal parecía consciente
de la presencia de la garou, pues ella sentía como la observaba a pesar de no
poder distinguir sus ojos. Justo en el momento en el que Laia iba a moverse
para alejarse, el ciervo se giró con un movimiento elegante y empezó a avanzar
por donde había venido.
Durante unos instantes Laia
creyó que la criatura, al verla, había elegido huir ante la presencia de un
depredador. Pero pocos metros más adelante, el ciervo se paró y giró la cabeza,
como si la estuviera esperando, sin rastro de temor en sus gestos y sin que los
cuernos parecieran tener problemas entre las ramas de los árboles.
Eulalia empezó a andar tras
él, insegura, pero con lo que ella sólo podía describir como “curiosidad”
impulsando sus patas.
El ciervo mantenía una
distancia con la garou de unos cuantos metros, haciendo imposible para ella
distinguir bien los rasgos del animal. Las sombras ocultaban los colores de su
pelaje y había momentos en los que Laia creía que los contornos de su figura se
perdían entre las sombras de la noche, pero no podía estar segura pues aún no
había aprendido a controlar y distinguir con sus ojos de lobo.
Al cabo de un rato de paseo,
en el cual Laia tuvo dudas por lo menos un par de veces sobre si debía o no
seguir con su guía cornudo, unas luces y voces en la lejanía le indicaron que
ya estaba muy cerca del túmulo. Sin darse cuenta estaba moviendo el rabo,
aliviada y contenta ante el regreso.
Se giró para despedirse del
ciervo, sin estar muy segura de si había algún tipo de criterio en el mundo de
los hombres lobo para comunicarse con otras criaturas, pero el animal ya estaba
internándose en el bosque, sin mirar hacia atrás, hasta que se perdió en la
oscuridad del mismo y ya fue imposible distinguirlo.
Con cuidado y con menos
dificultad, Laia regresó a su figura humana. Sintiéndose más cómoda, intentó
atisbar entre las ramas y las hojas por si le era posible reconocer la forma
del ciervo. Viendo que le resultaría imposible, hizo una pequeña reverencia y
emprendió su camino al túmulo.
Su mente más humana, que aún
permanecía ligada al mundo que había dejado atrás, intentaba buscarle un
sentido lógico a lo que había pasado. Una casualidad, una ilusión, una
alucinación….
Pero en el fondo, ella sabía
que la explicación correspondía a algo más simple.
Dejó de tener dudas.