lunes, 19 de septiembre de 2016

3.- El bosque

Eulalia empezó a andar por el bosque con ímpetu, dejando que las botas de montaña machasen las hojas secas y las pequeñas ramas que encontraba por el camino. No prestaba atención hacia dónde iba, principalmente porque estaba demasiado malhumorada como para ponerse a pensar en la prudencia y en la orientación.

Espejo Azul, esa especie de punk-hippie que parecía eternamente colocada, le había dejado marchar sin apenas decirle nada. No es que no valorase las respuestas que la Roehuesos le había dado sobre asuntos generales de Gaia y demás, pero tenía la cabeza demasiado llena y no podía pensar con claridad, no si antes no meditaba sobre algunos asuntos.
El problema residía en que primero tenía que dejar de estar enfadada.

Los árboles iban pasando a su lado e iba esquivando ramas, piedras y arbustos. El atardecer iba oscureciendo el paisaje con lentitud, dejando que las sombras fueran atrapando cada hoja y rincón del camino. Pero la belleza de la puesta de sol a través de los troncos no llamaba la atención a Laia, demasiado pendiente de su propia ira.

Se sentía en cierto modo manipulada. No, en cierto modo no, LA HABÍAN intentado manipular desde el principio en una especie de campaña política absurda que no parecía concluir nunca. Si, la atención al principio había sido estupenda, pues todo el mundo estaba dispuesto a responder a todas las preguntas y a ayudarla en todo lo que necesitase.
Pero luego empezaban con sus posicionamientos, con sus comentarios, con su sutil cizaña, hablando sobre qué tribu era más adecuada o qué tribu era más justa o qué tribu…en fin, cuál era la que ella debía elegir.

Había visto políticos menos implicados en sus votantes. Ella había creído tenerlo bastante claro al hablar con Patrick, pero…Pero entonces Saluda-a-la-mañana le había lanzado aquellos comentarios sobre el amorío del ahroun con una chica.

Lo peor había sido ver cómo el irlandés parecía divertirse de su enfado. ¡Si hasta le había giñado el ojo!
No es que ella quisiera nada con él, pero…había pensado…había supuesto que….
Cogió una piña del suelo y la lanzó con fuerza contra un tronco, sintiendo que parte de la irritación se iba en ese gesto de fútil violencia. Pero de inmediato volvió a notar como el calor de la rabia se adueñaba de su pecho y volvió a emprender el camino con energía.

Quizás era porque era el primer hombre con el que se sentía realmente cómoda, sin reprimirse por temor a asustar o sintiéndose fuera de lugar. Quizás era porque él se había mostrado tan cercano, tan interesado en ella. O quizás fuese porque ella había creído ver unos gestos y había malinterpretado sus intenciones.
En cualquier caso, no le había sentado nada ver saber que Patrick tenía un hijo.

¡Un hijo! Un crío, un retoño, una criatura. Y lo decía tan tranquilo, tan relajado, ¡haciendo broma! En el mundo garou tener camada no sería tan relevante, pero ella había entrado en él hacía muy poco y tener descendencia seguía siendo algo a tener muy en cuenta.

Soltó un gruñido sin darse cuenta. Casi se sentía tentada de irse a María Golpea Primero y decirle que aceptaba a su tribu, a modo de venganza contra lo masculino. Pero la mera idea le parecía injusto hacia la propia María, que a pesar de su propia campaña política, había sido de las que más espacio le había dejado.

Laia no se dio cuenta de que el camino desaparecía bajo sus pies y que la luz del sol desaparecía más rápido de lo que era prudente, porque seguía dándole vueltas al asunto de la familia de Patrick.

Antes de aquella información, hubiese dicho que ella era Fianna. María tenía una buena filosofía y Saluda a la Mañana era un pacifista encomiable, pero…pero ella sabía de corazón que su lugar no estaba con ellos.
No podía explicarlo, pero no se veía a su lado.

Pero después del enfado contra Patrick, no estaba segura si hubiese elegido esa tribu sólo por la atracción hacia el ahroun. Se sentía avergonzada por ello, sabiéndose como una niña de trece años que copia la actitud de su ídolo, por lo que le resultaba muy difícil asegurar que su decisión era pura.

¿Realmente quería ser Fianna o había sido sólo su ceguera? ¿Se sentía bien al lado del irlandés porque eran de la misma tribu o porque se sentía atraída? ¿Y cómo iba a descubrirlo?
Podría elegir una tribu sólo por Patrick y equivocarse…y dudaba que los garou dieran segundas oportunidades en ese sentido. ¿Existía la posibilidad de abandonar una tribu? No creía que fuese una opción muy popular.
Si sólo tenía una oportunidad, ¿cómo saber que hacía lo correcto?

Y aparte, estaba toda aquella historia de “ser especial”. Madre mía, como una película extraña de madrugada en que la protagonista debe cumplir una profecía o algo así.

Quizás lo inusual se debía a que ella había estado “fuera del radar”, tal y como había dicho Cifra en su primer encuentro. La moradora del cristal no tenía registros de ella, ni de nadie de su familia…y Patrick sólo tenía información de algunos ancestros de algunas décadas atrás, los Horner.

Cansada de andar por el bosque, se paró en un claro y apoyó su espalda contra un árbol recio. La corteza rugosa e irregular le molestaba, pero después de unos minutos de acomodarse, pareció fundirse con su entorno, algo más relajada y meditabunda. No advirtió que su sombra se difuminaba demasiado con la oscuridad reinante, ni se preocupó por recordar por dónde había venido, concentrada en sus propios recuerdos.

Intentó pensar en sus padres desde un punto de vista objetivo. Nunca habían tenido una buena relación, su madre demasiado controladora, su padre eternamente ausente. Muchas discusiones, tensión reinante y malestar en el hogar, sin que pareciera posible establecer lazos afectivos sinceros. Claro que recordaba buenos momentos, principalmente en la infancia, pero todo aquello que había sido alegre quedaba en un tono agridulce por las posteriores experiencias.

¿De haberse llevado mejor con ellos la hubieran encontrado antes los garou? ¿Sus padres sabían que eran parentela? ¿Le hubiese ayudado eso a saber cuál era su tribu?

No le apetecía recordar la última discusión o las veces que había mirado el teléfono preguntándose si debía llamarles o no. Intentó hacer memoria por si en algún momento hubiera visto o vivido una pista sobre la relación de sus padres con los garou.
No, nada. ¿Podría ser que ni ellos mismos supieran que eran parentela?

Laia se pasó una mano por el pelo, quitándose restos de corteza enmarañados. Había hablado un rato con Espejo Azul sobre cómo elegían las tribus los demás garous y le había contestado que habitualmente, al vivir rodeados de otros garou o de parentela, los cachorros solían tomar la decisión con facilidad. Y los que no, solían encontrar la respuesta en Gaia.
Para ser una hippie punk, era tan críptica como una bruja de cuento.

Un buhó sonó a lo lejos y Laia se dio cuenta de lo oscuro que se había vuelto el bosque. Aún quedaban rastros de sol en el horizonte, pero los propios árboles tapaban la claridad y volvían todo su entorno una sombra continua.
Laia se levantó, algo nerviosa. Con la rabia no se había dado cuenta de dónde iba ni de lo lejos que estaba y por mucho que hiciera memoria ahora, todos los árboles le parecían iguales.

Qué fantástico, perderse en el bosque. Casi podía escuchar ya las burlas de Patrick.

Lanzó un gruñido y se concentró, intentando cambiar. Si tenía que encontrar el camino en la noche, lo mejor sería convertirse en lobo y seguir los olores, su propio rastro. No había ido tampoco tan lejos, por lo que quizás encontrase el camino más rápido de lo que su propio temor aseguraba.

No le resultaba para nada sencillo acostumbrarse al hormigueo que anunciaba el cambio, ni el sonido de sus propios huesos al moverse y cambiar. Sentía un mareo, un vacío y una confusión alterada que le impedía pensar con claridad.
Pero tras unos minutos, ya tenía forma de lobo.

La perspectiva cambió. El mundo se volvió más bajo, los olores más intensos, el tacto confuso y la visión nítida pero menos colorida. Movió las patas para acostumbrarse a andar en cuatro y aspiró con fuerza varias veces para entrenar su olfato.
Tierra mojada, césped, el rastro de algunos animales ya frío, la acidez de unas moras inmaduras…su cerebro fue ordenando los estímulos con lentitud, aprendiendo muy lentamente a guiarse por un sentido que sólo había usado hasta ese entonces para degustar la comida y poco más.

Al fin, tras dar varias vueltas por el claro, distinguió su propio rastro y emprendió el camino. Iba caminando a paso ligero, pero nunca demasiado deprisa como para que su nariz no pudiera deshacer sus pasos.

Sin embargo, al llegar a lo que Laia creía que era la mitad, el olor dejó de notarse. Puede que fuese porque ella aún no sabía hacerlo bien o porque no había dejado un rastro lo suficientemente fuerte, pero aún no estaba lo suficientemente cerca como para discernir el túmulo y no sabía en qué dirección debía ir.

Avanzó en línea recta, creyendo que era la opción más sensata, pero pronto se sintió desorientada. Ver desde la altura de donde habitualmente estaba su cintura no era lo mismo y reconocer el paisaje resultaba complicado.

Empezó a frustrarse, tentada por lanzar algún aullido con la esperanza de llamar la atención a algún garou cercano, a pesar de que un rescate de ese tipo sería considerablemente humillante. ¿Pero cómo se hacía? ¿Sólo gritar…?

Estaba a punto de intentar usar las cuerdas vocales, o lo que fuera que tuvieran los lobos, cuando un movimiento entre los árboles hizo que Laia se quedase en el más intenso de los silencios. Tensó todo su cuerpo, creyendo que tendría que salir disparada en una carrera, convencida que lo que estuviera cerca era una amenaza. Nunca había pasado mucho tiempo en el bosque, por no decir que la excursión más larga la había hecho en el colegio con siete años, y los peligros que en él habitaban se le escapaban.

Dio un par de pasos hacia atrás, con el rabo entre las piernas sin darse cuenta, al ver en la oscuridad una figura más alta y voluminosa acercarse. Sin embargo, se quedó demasiado sorprendida como para arrancar a huir cuando en la oscuridad entrevió lo que parecía una gran cornamenta.

Resultaba difícil ver algo entre la oscuridad y la figura parecía que sólo se difuminaba entre las ramas de los árboles, pero Laia estaba convencida de estar delante de un ciervo adulto, una pieza de edad que inspiraba respeto.

El animal parecía consciente de la presencia de la garou, pues ella sentía como la observaba a pesar de no poder distinguir sus ojos. Justo en el momento en el que Laia iba a moverse para alejarse, el ciervo se giró con un movimiento elegante y empezó a avanzar por donde había venido.

Durante unos instantes Laia creyó que la criatura, al verla, había elegido huir ante la presencia de un depredador. Pero pocos metros más adelante, el ciervo se paró y giró la cabeza, como si la estuviera esperando, sin rastro de temor en sus gestos y sin que los cuernos parecieran tener problemas entre las ramas de los árboles.

Eulalia empezó a andar tras él, insegura, pero con lo que ella sólo podía describir como “curiosidad” impulsando sus patas.

El ciervo mantenía una distancia con la garou de unos cuantos metros, haciendo imposible para ella distinguir bien los rasgos del animal. Las sombras ocultaban los colores de su pelaje y había momentos en los que Laia creía que los contornos de su figura se perdían entre las sombras de la noche, pero no podía estar segura pues aún no había aprendido a controlar y distinguir con sus ojos de lobo.

Al cabo de un rato de paseo, en el cual Laia tuvo dudas por lo menos un par de veces sobre si debía o no seguir con su guía cornudo, unas luces y voces en la lejanía le indicaron que ya estaba muy cerca del túmulo. Sin darse cuenta estaba moviendo el rabo, aliviada y contenta ante el regreso.

Se giró para despedirse del ciervo, sin estar muy segura de si había algún tipo de criterio en el mundo de los hombres lobo para comunicarse con otras criaturas, pero el animal ya estaba internándose en el bosque, sin mirar hacia atrás, hasta que se perdió en la oscuridad del mismo y ya fue imposible distinguirlo.

Con cuidado y con menos dificultad, Laia regresó a su figura humana. Sintiéndose más cómoda, intentó atisbar entre las ramas y las hojas por si le era posible reconocer la forma del ciervo. Viendo que le resultaría imposible, hizo una pequeña reverencia y emprendió su camino al túmulo.

Su mente más humana, que aún permanecía ligada al mundo que había dejado atrás, intentaba buscarle un sentido lógico a lo que había pasado. Una casualidad, una ilusión, una alucinación….
Pero en el fondo, ella sabía que la explicación correspondía a algo más simple.


Dejó de tener dudas. 

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