- Pero no lo entiendo
Patrick lanzó un suspiro y se acomodó en el suelo, cerca
del fuego. Estaba apoyado contra una piedra bastante cómoda, la lumbre le daba
una atmósfera confortable y acababan de cenar, por lo que tenía el estómago
lleno.
Toda esa comodidad no impedía que su paciencia empezara a
agotarse con las preguntas de Laia
- No es preciso entender una ley para que deba ser aplicada. Yo sólo te estoy explicando la letanía, no formando parte de una discusión
- Pero es frustrante!
- Vete acostumbrando -respondió el Fianna con una sonrisa burlona, aunque en su tono había cierto tono de amenaza.
Eulalia se echó para atrás hasta que la espalda le crujió
contra el tronco contra el que se iba apoyando. Se sentía como una niña pequeña
consentida a la que le dicen que debe hacer los deberes, pero se negaba
simplemente a aceptar toda aquella información sin pasarla por el colador.
Al fin y al cabo, había pasado dos décadas viendo el
mundo de una manera. Aunque ahora supiese que estaba en el camino correcto no
iba a tener puntos de vista diametralmente diferentes.
Patrick la miró y pareció que analizaba su expresión
frustrada. Estaban bastante juntos, lo suficiente como para que el ahroun
pudiera alargar un brazo tocarla, pero el lenguaje corporal de la chica era tan
tenso que se había establecido un muro invisible.
Al fin, puso los ojos en blanco e hizo un gesto con la
mano.
- Venga, va. Dispara o vas a conseguir que tus cejas se fundan en una sola de tanto apretarlas.
- Todo el misticismo, toda la historia me…me confunde. Cuando vivía entre humanos todo lo que fuera fantástico quedaba relegado a la imaginación, en los mundos dentro de los libros o la televisión. No creía que hubiese nada más allá, ni que los espíritus o lo que sea vivieran entre nosotros. Y ahora, simplemente TENGO que aceptarlo.
Cuando no pensaba, se sentía en casa. O lo más adecuado
sería decir que se sentía donde le correspondía.
Pero cuando empezaba a darle vueltas, era demasiada
información para asimilarla de golpe sin notar como la ira se adueñaba sin
quererlo de su mente y le hacía crecer la frustración.
Una semana antes, ella era una estudiante con un trabajo
de secretaria a tiempo parcial. Compartía piso, veía la tele de vez en cuando,
veía videos de gatos por youtube, charlaba con su compañera de piso y pagaba
las facturas.
Ahora vivía en un claro de la Vall d’Aran, si se
concentraba mucho podía convertirse en un monstruo peludo de dos metros y
pertenecía a los Garou.
Se frotó la sien con fuerza. A veces creía que
simplemente se había vuelto loca y que todo eso era un producto de su mente. Su
cuerpo en realidad estaba en una celda acolchada y ella había elaborado una
compleja trama para no reconocer su situación.
Pero dentro de su corazón sabía que era real. No podía
explicarlo, pero lo sentía en cada fibra de su ser, en cada centímetro de su
piel. Ciertamente era una sensación casi espiritual y eso no le agradaba en
absoluto, pues no podía ponerle palabras.
- Poco a poco lo irás viendo claro. -dijo Patrick, recuperando su guitarra, que había dejado delicadamente en la hierba del suelo- No intentes catalogarlo todo o buscarle la lógica, a veces tienes que dejarte llevar por el instinto.
- No quiero. -respondió Laia, con la voz más seca de lo que hubiese querido- No deseo transformarme en un animal y perder los estribos, no me apetece dejarme llevar por…por lo que sea.
- ¿Si tanto te desagrada lo que eres, por qué no te vas con Cifra y a mí me dejas en paz?
Laia se mordió la lengua. Replicaba contra Patrick porque
discutir era la manera que tenía de afrontar su nueva situación, pero a pesar
de que ambos podían llegar a pasarse un poco no deseaba alejarse de su lado. Se
sentía más cómoda con él que con Cifra o Maria Golpea Primera, aunque también
sintiera admiración por esta última.
Por Cifra no. No era que no valorase que le hubiese
dejado ropa y un sofá tras su primera noche de transformación, pero también fue
la primera persona con la que se encontró tras abrir los ojos y…fue muy poco
delicada ante su nueva situación.
Un ragabash no era la figura más adecuada para dar
explicaciones y a Laia casi le da un infarto cuando Cifra se había convertido a
Crinos para demostrarle que todo lo que había vivido en la playa había sido
real.
Maria había sido mucho más sutil y paciente, dentro de lo
posible. Si no hubiese llegado Patrick, ella hubiera aceptado a la Furia como
su nueva maestra.
Pero la llegada del irlandés había hecho las cosas mucho
más claras. Aquella sensación mística que no podía describir se había hecho
real cuando el pelirrojo había hablado. Simplemente, Laia lo sabía.
- Es sólo que me siento siempre al borde de algo. Me siento impaciente o como si hubiese tomado demasiado azúcar. No echo de menos mi antigua vida… -dijo ella antes de que el otro le pudiese decir nada- pero el contraste ha sido demasiado súbito.
- Bueno – los dedos del irlandés rasgaron las cuerdas de la guitarra, lanzando notas a la oscuridad del cielo nocturno- Siempre estamos al borde. Somos criaturas de dos mundos y traemos encima siempre un poco de los dos. No es fácil de digerir, pero cuando termines de lamerte las heridas aprenderás a ver el equilibrio.
- Humpf – bufó ella, sin querer entrar en discusiones posteriores sobre la naturaleza de sus quejas- ¿Y no te parece injusto? ¿No sientes que te han puesto en un tablero en el que no puede haber un resultado vencedor?
- Laia….
- De pronto, zas, eres un guerrero en una contienda milenaria y tienes todas las de perder. -La garou no estaba dispuesta a acallarse, ni su lengua parecía querer frenar- Lucha con honor, aúlla a la luna con tristeza y observa como todo lo que te rodea cae en nombre de Gaia. Consigue una victoria por cada tres derrotas y así sigue, hasta que…
- Laia.
Eulalia se abrazó las rodillas y removió los pies
desnudos en el césped frío de la noche. No debería haber hablado tan libremente
de pérdidas, no cuando sabía que Patrick y su manada habían perdido el túmulo
recientemente…junto a uno de los suyos.
Debería haber sido más considerada para con él y ahora se
arrepentía de no haber medido el alcance de su lengua.
No era un tema del que hubiera podido sacar mucha
información, pues parecía una herida abierta que supuraba y que no debía ser
tocada por manos inexpertas. Ella no se atrevía a pedir sinceridad ante un
asunto que no veía como propio y que destilaba cierto aire de sufrimiento
íntimo.
Ella aún no comprendía lo que era tener una manada, ni lo
que significaba defender un túmulo, por lo que no podía ofrecer consuelo alguno
a los ojos verdes tristes del irlandés, aunque lo desease.
- Lo siento -dijo al fin, en voz baja y abajando instintivamente la cabeza como un perro humillado. Ni siquiera fue consciente de ese gesto, pero Patrick si advirtió la sinceridad en sus palabras.
El irlandés empezó a tocar, dejando que la música crease
una pausa entre los dos. Durante unos minutos, ni una palabra interrumpió la
melodía suave del ahroun, que evocaba con melancolía días más alegres. Al cabo de unos instantes, el irlandés empezó a cantar.
Luchando en este
bosque
porque los árboles
no quieren arder.
Sin un lugar donde
esconderme,
un lugar donde
correr.
Luchando en este
bosque
sabiendo que no
tardará en arder,
y sólo quedarán
cenizas,
y no me puedo ni
mover.
Así es como ha
sido siempre,
esto es como voy a
ser.
Así que estoy en
tierras altas
y sé que tengo que
caer.
Ya sabes que estas
cosas pasan,
así que dime que
volveré a vencer.
Sólo cuando los dedos fuertes de Patrick rasgaron los
últimos compases volvió este a hablar.
- Cuando eras humana tampoco tenías decisión ninguna sobre tu vida o sobre el mundo. Vivías en tu apartamento, consumías, obedecías leyes hechas por otros y aceptabas el mundo tal y como te lo habían entregado. -La canción había terminado, pero el Fianna seguía jugando con las cuerdas, acompañando sus palabras con algunas notas dispares- No te lamentabas de tu suerte porque creías que no había nada que hacer, nada que tu pudieras cambiar.
- Es mucho más sencillo vivir en el cinismo y en el eterno desencanto que atreverse a tener esperanza – el irlandés parecía hablar con voz algo más profunda, más calmada- Los humanos pueden permitirse tener vidas grises, aunque jamás entenderé el motivo. A nosotros, por el contrario, nos han dado la oportunidad de tener una experiencia plena.
- No soy bueno con las palabras, pero espero que lo entiendas. No se trata de ganar una partida o de ser una pieza en un tablero. No eres una oficinista que no se atreve a cambiar su mundo, eres una garou. Y eso te da poder para mucho…Quizás no tirar de los hilos del destino, pero todo alud empieza con una pequeña piedra.
No se trataba de las palabras, sino del mensaje.
Detestaba abandonar su actitud escéptica porque con ella les decía adiós a los
últimos vestigios de su vida en el mundo humano, pero se daba cuenta que era
una transición que debía hacer.
Y que una vez echa, jamás echaría de menos. Sólo le dolía
porque le tenía miedo a lo que le deparaba lo desconocido.
Siendo garou, “lo desconocido” parecía cubrir un marco
muy amplio de posibilidades amenazadoras con tentáculos y bocas de dientes
afilados.
Patrick se levantó con agilidad y le tendió la mano. Ella
se la cogió y con un simple tirón estaba de pie. El irlandés le guiñó un ojo,
siempre dispuesto a hacer una demostración de fuerza, por pequeña que fuese.
- Ven, esta noche te enseñaré a moverte un poco mejor en tu forma de lupus
- Ugh… ¿es necesario?
- ¡Totalmente! Después de tanto discurso, merezco reírme un rato de ti y de tus andares de pingüino peludo
- Ha ha ha ha, qué gracioso -dijo Laia, cruzándose de brazos, pero sin poder evitar sonreír
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